Cuca Gamarra: entre el personaje político y la contradicción permanente

En el teatro de la política española, pocos personajes son tan emblemáticos —y contradictorios— como el de Cuca Gamarra, secretaria general del Partido Popular. A estas alturas, resulta difícil separar a la persona de la figura pública, a la diputada riojana de la política de trinchera, a la mujer que visita exposiciones fotográficas del personaje que tuitea dardos envenenados con la misma soltura con la que otros cambian de chaqueta.

Gamarra se ha convertido en una intérprete constante de sí misma. Su personaje, una mezcla de portavoz inflexible y azote de todo lo que huela a progresismo, parece haber devorado cualquier atisbo de matiz personal. Como si de un actor de método se tratara, se ha sumido en su rol con una intensidad digna de De Niro, a punto de arrastrar su salud mental con cada discurso, cada tuit y cada reproche público.

Uno de los ejemplos más recientes de esta deriva lo vimos en sus declaraciones tras la muerte del papa Francisco. Con un tono solemne, Gamarra aseguró que el pontífice “nos deja huérfanos” y “puso a los más débiles en el centro de la Iglesia”. Sin embargo, años antes, tildaba de “cumbre comunista” el encuentro entre el papa y Yolanda Díaz en el Vaticano, en un ataque más ideológico que coherente. Contradicciones como esta no son nuevas en la política, pero en Cuca Gamarra ya forman parte del guión habitual.

A esto se suma su participación, sin filtros ni matices, en algunas de las campañas más agresivas del PP. Hace poco, insinuó en un tuit que Pilar Alegría podría estar relacionada con un escándalo sexual, aprovechando una ambigüedad calculada. Lo escribió con mayúscula, sin esconder la intención. Fue un gesto revelador: cuando el personaje que interpretas exige bajeza moral, a veces no te das cuenta de que lo estás convirtiendo en tu nueva piel.

Sus propuestas económicas, en cambio, no tienen ni rastro de ambigüedad: bajadas de impuestos, reformas estructurales y reducción de costes laborales. Un menú clásico del PP que, en la práctica, significa recortes a servicios públicos, menos ayudas a los más vulnerables y ventajas fiscales a los que menos las necesitan. Y todo eso envuelto en la retórica de la “libertad” que tanto gusta a la derecha madrileña.

 

Al final, lo que queda es la sensación de que Cuca Gamarra ha terminado siendo una versión política de Peter Parker sin posibilidad de quitarse el traje de Spiderman. Una figura atrapada en una identidad tan exigente que ya no permite distinguir entre la mujer y el personaje. Pero, como ocurre con los mejores actores de reparto, no hay que subestimarla: es más lista de lo que parece, y más peligrosa también.

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