… de la ética, la vergüenza y la decencia.
Contra todo pronóstico, el Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, ha anunciado hoy su dimisión. Tranquilos, no se alarmen. No abandona el cargo, Dios nos libre de semejante milagro. Lo que ha dimitido —con solemnidad y sin despeinarse— es de cualquier atisbo de ética, dignidad institucional o simple decencia humana.
Según fuentes próximas a su ego, el señor García Ortiz ha decidido que la ética es para aficionados y que el pudor es cosa de otros tiempos. Todo esto, después de haber protagonizado un bochornoso episodio en el que quedó demostrado que la filtración de datos personales de una figura pública no fue un desliz, sino una maniobra digna del más torpe aprendiz de comisario político.
Recordemos que está a un paso de tener que cambiar la toga por el banquillo. Pero en lugar de dar la cara —actividad que parece tener contraindicaciones médicas en su caso—, opta por la técnica de la avestruz con escolta institucional: esconder la cabeza y atrincherarse en el cargo con uñas, dientes y algún que otro BOE.
Mientras cualquier ciudadano de a pie habría tenido que rendir cuentas, pedir disculpas y buscarse un nuevo empleo (quizá de tertuliano), nuestro Fiscal General ha decidido que rendirse es de cobardes… salvo cuando se trata de rendirse ante sus propios intereses (y los de “su partido”). Porque aquí no se defiende la justicia, sino que se ocupa, se coloniza y, si hace falta, se remodela a golpe de decreto y silencio administrativo.
Su dimisión, por tanto, ha sido selectiva: dimite de la vergüenza, de la imparcialidad, de la más mínima altura institucional. Pero no del despacho. Ese lo mantiene, con aire acondicionado, dietas y una visión de la justicia más torcida que una novela de Kafka.
Y mientras tanto, los ciudadanos asisten atónitos a esta tragicomedia, preguntándose si el Ministerio Fiscal es un órgano del Estado o un plató permanente de telerrealidad jurídica. Pero tranquilos: aún nos queda esperanza. Porque cuando se toque fondo —y parece que vamos lanzados—, quizá, solo quizá, alguien recuerde que la justicia también necesita de algo más que togas: necesita decoro. Y, sobre todo, memoria.
Veremos si hay más dimisiones en su comportamiento… o en otros aspectos de su vida.



